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Las llaves de mi casa

Las llaves de mi casa

11.11.2018 | 16:30 | Opinión

Señor presidente, señor alcalde, una casa no es un hotel en el que sentirse extraño entre extraños con equipaje de paso. Uno elige -imagino que lo mismo que hicieron ustedes- un barrio, una calle, un edificio, en el que ir construyendo con ilusión una convivencia de familia y también con sus vecinos. Gente, como ustedes y como yo, con las mismas aspiraciones de que el portal esté limpio; que funcionen bien los ascensores; que se respeten unas reglas básicas de educación, entendimiento y bienestar, y en cuyo espacio comunitario e individual todos puedan sentirse seguros. En todas las viviendas hay residentes que no saludan, que no sujetan la puerta cuando uno coincide cargado con el supermercado, o que se apresuran en apretar el botón del ascensor para subir ariscos y a solas, sin preguntar si esperan a que cierre uno el buzón. Sí, pero son los vecinos de uno, y termina siendo normal acostumbrarse a ellos. Saberlos parte de la misma rutina y exigencias de buena habitabilidad compartida, a salvo de la intemperie en la que casi todo sucede entre la incertidumbre y el desencanto.

En mi vivienda, señor presidente, señor alcalde, he tenido hijas de vecinos que han hecho de canguros de las mías. Y luego las mías lo han sido de las de otros. Ninguna de ellas, en su infancia y mucho menos en su adolescencia o juventud, han tenido temor a ninguna de las horas –ni siquiera en las cenicientas de noche- a entrar en el portal con sus recovecos y toparse con gente que les resulta una intimidación por su aspecto, sus miradas o comportamiento. Es cierto, señor presidente, señor alcalde, que lo del aspecto es relativo. Hay personas muy bien vestidas y de maneras cívicas que no respetan al prójimo, lo miran por encima del hombro o de su discurso, y que albergan algunas miserias oscuras de la condición humana. Pero lo de las miradas y el comportamiento es más tangible, incómodo y amenazante. Nunca hemos tenido en treinta años que llamarle la atención a un propietario por el impacto de los ruidos a deshoras o por dejar basura caducada de tiempo y medio abierta en los espacios colectivos. Tampoco por aparcar de noche la bicicleta turística dentro del portal.

Este modelo de convivencia social ha cambiado señor presidente, señor alcalde, por el fenómeno de las viviendas turísticas ante el que ustedes no actúan. Ni desde la urgente conveniencia de modificar la ley de Propiedad Horizontal ni con medidas democráticas de los alcaldes de otras ciudades que han puesto freno y normas a esta moda que está desnaturalizando los barrios y transformando los inmuebles comunitarios en colmenas de apartamentos calientes. No estaba en el guión señor presidente, señor alcalde, elegir un barrio, una calle, un edificio, un piso, y trabajar con esfuerzo y sueños contra la hipoteca de un banco para dejar de ser su rehén y serlo después de este mercado con el que plataformas y propietarios hacen negocio. En un caso legal, y en muchos otros en negro. No me quejo porque defrauden porque el hecho de que se les cobren impuestos es tan sólo una cuestión recaudatoria que no soluciona el conflicto. De lo que se trata es de entender que este fenómeno propicia la vulnerabilidad del resto de propietarios que compraron su piso para residir y no tener que padecer un constante ajetreo de extraños con desigual educación. No es inteligente ni avala el futuro alentar desde la administraciones su arraigo en una ciudad donde el turismo ha pasado de ser el motor económico a ser la dictadura del turismo con su vieja gallina de los huevos de oro. Ya se colmató el territorio –ahí la costa llena de cadáveres de cemento que asemejan soldados de Rimbaud entre la hierba rota de los paisajes-. ¿Queremos repetirlo con millones de visitantes? Ninguno piensa que pasar de Málaga a Malagalandia provocará que nadie quiera venir a una ciudad abarrotada de banderines y paraguas, de gentío y franquicias, sin el encanto por el que un día fue un atractivo destino.

El auge de las viviendas turísticas señor presidente, señor alcalde, no se soluciona dejando que sean las comunidades con mayoría simple las que las regulen, y allá cada mochuelo con la tensión inter-vecinal. Ni tampoco con Jornadas para enmascarar su controvertida imagen y brindar por su éxito y su contribución económica como las publicitadas en Málaga -sin participación de profesionales críticos- por sus plataformas: Homeaway, Interhome y Spain Holiday, y el patrocinio del Patronato de Turismo que debería defender un turismo regulado y sostenible. Si por medio hay oro o plata, torre o monopoly, se crean extrañas alianzas en el abordaje de colonizar las llanuras de los indios esgrimiendo derechos propios, despreciando los ajenos y manejando argumentos defectuosos. A cuadros se queda uno cuando el gestor de la Asociación Andaluza de VT equipara su prohibición -en el caso de que se apliquen normativas gubernamentales o municipales (está claro que no desde la Junta para la que el turismo es un viejo maná por el que se vende el alma y lo que haga falta)- a la de los inmuebles que alberguen despachos de abogados, estudios de arquitectos o notarias. Lo mismo que según afirma este empresario –de quién por cierto desconocemos si habita un chalet o comparte su piso con apartamentos turísticos- un representante del Consejo Andaluz de Colegios de Administradores de Fincas le confirmaba que cuando existe una vivienda turística gestionada a través de un profesional o una agencia, las incidencias con vecinos son inexistentes. No me extraña por tanto que haya administradores que aboguen ante sus comunidades por normas de convivencia y denuncias a la policía, que dilaten la información sobre la legalidad o no de las VT que hay en ellas, y se inhiban ante las exigencias de los inquilinos que nos negamos a vivir en un bloque de hostales S.A., y a pagar encima colectivamente sus gastos.

Ignoro señor presidente, señor alcalde, si también ustedes padecen esta lamentable situación. Y también la del abuso en zonas peatonales por la avalancha e incívico comportamiento de bicicletas y monopatines eléctricos –que por cierto otros alcaldes han prohibido, mientras el mío parece esperar a que un malagueño atropelle a un turista-. Desconozco igualmente si tienen vecinos a los que han echado después de décadas de inquilino ejemplar. O si, lo mismo que en mi edificio, uno de los propietarios amenaza al conserje –quien por cierto no cesa de sacar basuras y de arreglar puertas de la calle- con convertir los que regenta en pisos patera si la comunidad va en contra de su negocio de licenciado en paro. E ignoro si tienen hijos que se les han ido a vivir a más de veinte kilómetros porque el alquiler en los barrios populares se ha incrementado el doble a causa de la proliferación de las viviendas turísticas, incluso donde la ciudad pierde su nombre. O si sus barrios se han convertido, como sucede con el mío, en un parque residencial para turistas de quita y pon.

Señor presidente, señor alcalde, nada tengo en contra de esos edificios que al completo tienen su denominación de AT. Lo que me tiene cabreado es que desde sus administraciones políticas no defiendan a los ciudadanos que pagamos impuestos para que luzcan nuestros centros históricos y sólo los disfruten los turistas. Y para que nuestras casas con su IBI se conviertan en hoteles con los portales llenos de maletas, el mar y la playa dentro de los ascensores, y nunca sepa uno con quién se cruza en silencio desconocido. No estaba en el guión, señor presidente, señor alcalde, que ustedes consideren que la dignidad de nuestras quejas tenga menos estrellas que las de quienes festejan el auge de su negocio a costa de la paz ajena. ¿Qué tenemos que hacer para que tengan en cuenta nuestro derecho a decidir en qué tipo de inmueble queremos seguir viviendo? ¿Salir en manifestación? ¿Pagarnos un Congreso en otro o en el mismo medio de comunicación?

Señor presidente, señor alcalde, si su dejación persiste, no tendré más remedio que mandarles, al igual que a la Consejería de Turismo, copia de las llaves de mi casa. Esa que me gané con trabajo, en la que habito con afecto vecinal, y de la que ustedes me están expulsando.

*Guillermo Busutil escritor y periodista
www.guillermobusutil.es

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